Pan y Rosas

Sentido y Solidaridad

Sobre la alegría

Dos reflexiones sobre la alegría (en tiempos de melancolía)


Estad siempre alegres.

La alegría de Dios será siempre vuestra defensa: 

Una reflexión muy adecuada para estos tiempos. Lee esta adaptación de la historia de Nehemías (lee también el texto original) y medita qué preguntas te inspira para ti y los demás. Dediquemos una reunión a compartir las preguntas, a explorar qué preguntas surgen del texto para nosotros, para nuestro entorno y para el mundo. Es bueno que tengamos este texto antes, pero también podemos leerlo juntos y buscar juntos los interrogantes. Que alguien tome nota de todos para pasar la lista a todos los miembros por correo. Dediquemos otra reunión posterior a compartirlas tras haber meditado las respuestas durante la semana y orado de nuevo la historia de Nehemías

Mozambique, Cronica de un viaje

Para muchos simplemente un país africano. Para otros un país africano pobre, que hace unos años sufrió terribles inundaciones y dejó en nuestras retinas imágenes desoladoras.

Para nuestra comunidad de vida cristiana, mucho más. Unas gentes, unos proyectos, pero sobre todo, un soplo del Espíritu, que nos llevó a un proceso de crecimiento, de discernimiento y compromiso a través del cual, Dios se nos hace de nuevo presente.

 
El día 9 de agosto de 2007 a las doce de la mañana estábamos en el aeropuerto María, Águeda y yo, Lourdes, dispuestas a comenzar el viaje hacia Mozambique. Allí estaban con nosotras parte de la comunidad, parte de nuestras familias y Nacho, jesuita que había sido nuestro asistente en la comunidad y que también iba allí para participar en unas ordenaciones sacerdotales.

Pero el viaje no comenzó entonces sino mucho antes. Desde que Nacho estuvo en Mozambique hace cuatro años y nos contó lo que vio, nos enseñó fotos y sentimos como “ardía su corazón” al hablar de ello, nos contagiamos. Y quisimos “comprometernos” con las personas que vimos de alguna manera. Y tras indagar, orar y discernir, decidimos empezar a colaborar con el proyecto de un centro nutricional en Fonte Boa (una de las misiones en la que trabajan jesuitas, otra monjas y laicos)

En un retiro de la comunidad tuvimos la suerte de contar con Pedro Isaba, jesuita que había estado años allí y nos enseñó un montaje pormenorizado de todos los proyectos que se estaban llevando a cabo en Fonte Boa.

Y la comunidad no se contentó con que fuera algo sólo económico. Queríamos contacto con las personas, que formaran parte de nuestras vidas. La comunicación con ellos desde aquí era difícil. Queríamos que nos transmitiesen necesidades, alegrías e inquietudes. Ante las dificultades encontradas, contemplamos la posibilidad de ir allí en el verano algunos miembros de la comunidad. Y tras ver disponibilidades y en un precioso proceso de discernimiento, el comité decidió mandarnos a nosotras tres.

 

No sabíamos muy bien lo que teníamos que hacer allí. Los encargos de la comunidad (expresado en deseos que nos acompañaron escritos en el cuaderno donde íbamos a escribir el diario de viaje) eran variados, pero se pueden resumir en que fuéramos los ojos, los oídos, los pies, la cabeza, los brazos de la comunidad allí, que nos empapáramos de todo, que viéramos las posibilidades de mantener contacto y que supiéramos transmitir a la vuelta lo vivido.

Con todo este equipaje comenzábamos el viaje cargadas de ilusión. 

La llegada nos mostró algo que sería una constante. Allí estaba el hermano Julio a recogernos en el aeropuerto de Maputo. La acogida, la disponibilidad, la amabilidad y la generosidad de los jesuitas hacia nosotras nos acompañarían en todo nuestro recorrido.

El mismo aeropuerto, los alrededores, el viaje hasta su casa comenzaron a mostrarnos la realidad de este país: chabolas, mucha población infantil, una ciudad destartalada, contrastes entre barrios…En la casa nos recibieron Giovanni y Miro, que iban a tener un papel muy importante en nuestro recorrido. Fueron nuestros guías en muchos momentos, y sobre todo, hablamos mucho con ellos, nos dieron su visión del país, de las misiones que allí tienen, fueron compañeros y confidentes en muchos momentos, su confianza hizo que nos sintiéramos como en casa.

Al día siguiente comenzaron nuestras visitas para conocer proyectos, gentes, lugares…

Giovanni nos hizo un recorrido por la ciudad de Maputo. Después fuimos a Matola, a unos ocho kms. Es un barrio pobre donde los jesuitas llevan una parroquia. Aprendimos que allí las parroquias son mucho más que eso. También son bibliotecas, lugares de encuentro y reunión, se imparten clases de apoyo…En Matola fluye la vida. Es sábado y las calles de arena rojiza están llenas de coches, gentes, pequeños puestos y sobre todo, niños… Van a la catequesis (tienen muchas tandas de grupos porque hay ¡2000 niños inscritos!)

Nos muestran las salas, la enorme iglesia, la biblioteca y la casa. Quedan muestras de las terribles inundaciones, que las sucesivas capas de pintura no han podido borrar. Nos cuentan que dormían en la mesa del salón, porque había un metro de barro y de lo costoso que resultó limpiarlo.

Después visitamos un proyecto que lleva una monja, Alicia, junto con una mozambiqueña, Juliana. Alicia lo puso en marcha porque comprobaba que tras sacar de la desnutrición a los niños estos volvían a recaer. Así que se ideó este proyecto en el que, además de formar a las madres para que sepan alimentar bien a sus hijos, trabajan para poder mejorar las condiciones de su familia. Venden productos (bebidas, azúcar, etc.) durante la mañana, mientras sus niños están en una guardería (también del proyecto) También tienen allí un pequeño huerto que cuidan entre todas. Al final del mes reciben un pequeño sueldo. Nos ha gustado mucho el proyecto porque implica a la población mozambiqueña. Esto es muy importante, porque muchas veces los proyectos dependen de la personalidad del sacerdote, monja o cooperante de turno y si estos son trasladados a otros lugares, los proyectos no siguen adelante.

Tras un pequeño paseo por Maputo y ver las estupendas playas bañadas por el Índico regresamos a casa.

Allí, en una de la muchas charla y conversaciones con Giovanni y Miro nos enteramos que el proyecto del centro nutricional que contribuíamos a financiar estaba cerrado tras el atentado sufrido en Fonte Boa en el que una cooperante portuguesa y un jesuita fueron asesinados. Las monjas que lo llevaban se fueron de allí y ahora se supone que lo lleva el gobierno.

Esto nos descoloca bastante. Y nos hace ver que a pesar de estar en la era de las comunicaciones, ésta es difícil de transmitir dependiendo de en que parte del planeta se esté. Es importante que estemos muy atentas a toda la realidad y saber encajar los “descoloques”. Las conversaciones de las tres después de la noticia son ricas. Nos hacen reflexionar, pensar, intentar comprender la realidad de este país…Nuestro viaje se supone que era para colaborar en el centro nutricional, intentar establecer contactos, etc. Ahora no sabemos ni lo que haremos por la tarde, pero se impone la actitud de apertura, de estar disponibles, de adaptarnos y cambiar de planes.

Después paseo por Maputo. Se nota la influencia soviética en los grandes bloques de viviendas tipo colmenas. También se adivina su pasado colonial, porque hay algunas mansiones de gran belleza. En general, es una ciudad descuidada, desconchada, en algunos sitios, sucia…No hay demasiado movimiento de gente.

En la Eucaristía conocemos a Carla, cooperante, y a Humberto, jesuita que desde Italia han venido también para ver que pueden financiar, qué proyectos son más necesarios… Ahora regresaban de Angonia y Carla nos recomienda que les llevemos entusiasmo y compañía porque las comunidades viven un momento duro y triste.

 Amanece un nuevo día. Es domingo y aquí se nota que es “el día del Señor”. Vamos a misa a barrios periféricos de Maputo. El templo está hecho con cañas, pero la Iglesia, es decir, la comunidad de creyentes, nos enseñan lo que son de verdad “las piedras vivas”. La celebración es muy especial, colorista, rítmica, pero sobre todo bien preparada litúrgicamente y muy participativa (hay muchos grupos de liturgia que van rotando en la preparación cada domingo) Se respira y se palpa la religiosidad de la gente. La celebración rebosa adoración, reverencia y alegría. Alguna costumbre nos llama la atención: al final de la Eucaristía Giovanni pregunta si hay alguien que participa por primera vez en esa comunidad y salen y se presentan cuatro personas que están visitando a familiares. Nos pareció bonito que todos se conozcan por el nombre por lo menos. ¡Cuánto tenemos que aprender! A la salida la gente nos saluda, quieren saber de nosotras, nos muestran la alegría por la visita y nos invitan a regresar.


 En los días siguientes en Maputo, Giovanni, superior de los jesuitas, nos pone al corriente de la situación. Nos cuenta qué misiones hay, que tareas realizan, la colaboración con las monjas y los laicos… La situación es complicada porque hay un grupo de personas muy entregadas, pero muchos son mayores y están cansados. Además el atentado de Fonte Boa ha desestabilizado mucho.

Intentamos pasear y patear bien la ciudad intentando empaparnos de todo. Un detalle, decidimos hacerles una paella, salmorejo y tortilla española y encontrar los ingredientes nos ha llevado casi toda la mañana encontrar los ingredientes necesarios y recorriendo varios supermercados, incluyendo alguno intocable por los precios a la población mozambiqueña.

El día quince por fin volamos hacia Angonia. Los mozambiqueños dicen que Maputo no es Mozambique y empezamos a entenderlo. Entramos en el África más autentica. Desde el aire vamos contemplando la línea de costa, trazada por nosotras tantas veces en nuestros mapas infantiles. El avión hace una escala en Kelimane y el descenso es espectacular porque vamos viendo el inmenso río Zambeze. Se adivinan poblados con chozas y un precioso paisaje a pesar de estar en la estación seca.

Llegamos a Tete. Es la ciudad más calurosa de Mozambique y el calor nos aplasta. El camino desde el aeropuerto a la casa de los jesuitas es brutal Significa un baño de realidad que nos abruma. La periferia es terrible, casa de adobes con tejados de zinc, pegadas unas a otras sin trazado definido en una tierra rojiza llena de gente deambulando bajo el sol. Se percibe la lucha por la supervivencia…Faltan palabras. Cruzamos el puente sobre el río Zambeze. La belleza de la naturaleza contrasta con la pobreza absoluta del pueblo. 

Nos dejan coche y salimos hacia Lifidzi. El paisaje está poblado de baobabs, acacias, aldeas de chozas, algunos cabritos pastando. En el curso de los ríos vemos a la gente bañándose, lavando ropa. Las aldeas parecen del Nolítico. Nos llaman la atención también unos tremendos hormigueros que van jalonando el paisaje. Y la gente…gente que va de un lado a otro, seguramente buscando agua porque van con los típicos bidones amarillos que sirven para tantas cosas. Hay muchos puestos con pequeños saquitos de carbón, frutas, refrescos.

Nos cuenta Miro muchas historias sobre esta carretera, la mayoría tristes porque son de  accidentes y atropellos. Y también nos habla de los fuegos, que cada tramo del camino aparecen. Los hacen para preparar la tierra, para cazar ratas (una especie de conejos que después comen), para acabar con insectos… Ha habido varios proyectos para concienciar a la población de que no es buen método para regenerar la tierra, pero la costumbre está muy arraigada y es difícil cambiarla.

Hacemos un alto en el camino para visitar a las mercedarias de Condedzi. Viven al lado de una de las aldeas descritas. Nos agasajan con lo mejor que tienen. En este lugar recóndito, en medio de la pobreza más absoluta, la sonrisa, serenidad, amabilidad y paz que transmiten ayuda a entender aquello de “recibiréis el ciento por uno”.

El atardecer es de gran belleza pero corto porque el sol se pone rápido.

Llegamos a Lifidzi, misión en la que están los jesuitas (conocemos a don Luis y a Dick, de procedencia portuguesa y norteamericana respectivamente y ambos muy mayores) y también las hermanas de San José de Cluny. La acogida es espectacular, todos quieren que cenemos con ellos, ya nos han preparado una casita en donde alojarnos…Hay que darse prisa para cenar porque aquí no hay luz eléctrica y los generadores funcionan de seis a nueve.

Al día siguiente comienzan nuestras visitas a la región de Angonia. Visitamos la misión de Vila Ulongue. Los viajes en coche son importantes, no sólo por lo que vemos, sino también por todo lo que nos cuentan y explican. Vemos muchas aldeas cerca de la carretera. Nos cuentan que esta zona se quedó desierta de población en tiempos de la guerra porque fue ocupada por soldados. La mayoría estuvieron en campos de refugiados de Malawi.

Al llegar a Vila Ulongue, visitamos muchos proyectos, el primero fue a la carpintería  que la lleva Fernando, un portugués que trabaja para los jesuitas, Manos Unidas y cooperación portuguesa. Da trabajo a nueve personas y hacen sillas, mesas, camas y nos impresiona que los mayores pedidos sean de cajas fúnebres. Fernando nos cuenta que el gran problema es la falta de materiales. A veces se necesita ir a Beira, 800 kms, para conseguirlos.

También nos enseñan los proyectos de las hermanas Doroteas: una biblioteca (importantísimas aquí porque la mayoría de los niños no tienen ni libros de texto), una sala de informática, una de costura y otra de reuniones.

De regreso a Lifidzi, en Chapotera, hacemos un alto en el lugar donde asesinaron a dos jesuitas en tiempos de la guerra.

En el camino, nos cuenta Miro qué se hace en la misión de Lifidzi. Las hermanas atienden el hospital, que es del Estado y al que le falta de casi todo: medios, medicamentos, personal…Son dos enfermeras y una cirujana que también vienen al hospital de Vila Ulongue.

También hay un instituto y un internado. En ellos trabajan los jesuitas Carlos y Tomás        de profesores.

Además,  todas las misiones tienen medios para autoabastecerse: huertas, pequeñas plantaciones de maíz, café…y un molino.

La mayoría de los misioneros son unos “Mc Giver”, hacen de todo y ayudan a todos a buscarse la vida (no sólo en lo espiritual) Esto plantea muchos problemas porque hay falta de misioneros y porque también hay distintas maneras de entender la misión que a veces chocan.

 La falta de personas, misioneros o laicos, es un gran problema. Y entre los mozambiqueños hay mucha desconfianza, por eso los responsables de proyectos casi nunca son ellos. Esta es una tarea pendiente e importante.

El 17 de agosto es importante, porque es el cumple de María y porque coincide con la visita a Fonte Boa.

El lugar es bellísimo. Se nota que ha sido una misión cuidada, que hay agua (vemos la fuente natural que da nombre al lugar), que es fuente de vida y los cultivos de café, girasoles, fresas, etc le dan un color especial. El día es nublado y fresco…como el ánimo de los que aquí trabajan tras el atentado. Nos enseñan las huellas físicas del atentado y sentimos vivamente las del corazón aunque no sean visibles. En estos días se está celebrando el juicio y en todos se nota el dolor de una herida imposible de olvidar y cuya cicatriz están tocando.

Vemos todos los lugares de los que Pedro Isaba nos había explicado tantas cosas…la prensa de girasol, los establos, los almacenes, el molino, el criadero de conejos, los cultivos. También la escuela, los internados, la casa de las monjas vacías, el centro de salud y el centro nutricional cerrado. Está todo desolado y triste. Efectos “colaterales” de los atentados. Está claro que había gente perversa interesada en destrozar aquello que funcionaba. Surgen muchas preguntas: ¿por qué? ¿quiénes? ¿a quién se hace daño?...

Menos mal que al visitar la iglesia renovamos la esperanza (al lado de María la frase:”con María llega al mundo la fuerza de la esperanza”

Las sensaciones vividas son muchas, a veces encontradas. Por un lado la emoción de visitar Fonte Boa, de saber que hemos contribuido en alguna medida al funcionamiento del centro nutricional, el disfrute de la belleza del lugar, y por otro la dureza de los hechos sucedidos, las consecuencias tan terribles, el dolor, sobre todo de los que les conocían y querían, el centro cerrado… Experiencias de muerte y resurrección palpables.

Al día siguiente, aunque con pereza, acompañamos a don Luis a su recorrido habitual. Tiene más de 80 años y es un misionero tradicional. Le importa ante todo la catequesis, la celebración de sacramentos, etc. Pero la experiencia resulta muy enriquecedora. Visitamos varias parroquias, por caminos imposibles, que dejan el cuerpo resentido de tanto traqueteo. Las parroquias visitadas nos impresionan por su sencillez y pobreza. La Eucaristía se celebra en la escuela. Es un lugar desconchado, con el suelo de arena y unos pupitres destartalados. Todos se sientan en el suelo, pero a nosotras nos ponen tres sillas. La sensación de diferentes y privilegiadas nos acompaña. No sabemos si aceptarlas o no porque tampoco queremos herir su hospitalidad. Esto a veces nos incomoda, pero ¿tenemos derecho a incomodarnos frente a la incomodidad perpetua de sus vidas? A ellos la visita de unas blancas que vienen de lejos les supone sentirse importantes. Recuerdo una charla de Jon Sobrino que decía que no es lo mismo ver la pobreza en televisión que compartirla, porque la pobreza “huele”. Esto se percibe bien aquí porque la escuela se llena hasta los topes. Aunque apenas entendemos algo de la homilía, que se hace en portugués (el resto en la lengua local) los pelos se ponen de punta con el clima, los cantos, la adoración.

Nos ofrecen una comida con lo mejor que tienen y después visita a muchas de las parroquias de Domue. A la vuelta, rezo del rosario en el coche.

 
El día siguiente es domingo. De todas las aldeas de los alrededores va llegando gente. Parecía difícil llenar una iglesia tan enorme como la de la misión, pero se fue llenando. Cada celebración, a pesar de entender poco, se tiene de forma palpable el sentimiento de Iglesia Universal.

Después de comer, una charla con Miro de las que siempre aprendemos. Le preguntamos si el evangelio tiene mucha incidencia en la vida cotidiana. Dice que el problema más importante es formar a los responsables de las comunidades y que no tiene demasiada incidencia.

Ese día visitamos el hospital. Duele ver que no tengan ni luz ni agua corriente (hay un proyecto para dotarles de estos servicios), el estado de las paredes, los techos, pero sobre todo, duele ver a unas recién paridas que en unas horas se pondrán en camino hacia sus aldeas a reanudar sus duras vidas y atender a todos los que dependen de ellas.

La ayuda a las hermanas en el hospital ocupó los siguientes días. Estuvimos presentes haciendo recetas, preparando medicamentos, rellenando fichas en la consulta de obstetricia y de medicina general, con las hermanas Hortensia y Vinaya.

Hay mucho trabajo, porque las mujeres tienen entre 4 y 5 hijos de media. Son pocas las que tienen todos vivos. Aunque la revisión es muy básica, es un gran avance porque antes no tenían ningún tipo de control. Las mujeres son sumisas. No dicen nada ni preguntan. Hay rostros de niñas y rostros que parecen de ancianas. Hay sida.

En la consulta de medicina general, los casos más frecuentes son de malaria.

En los días siguientes conocimos a Elisa, una laica que trabajaba con los jesuitas y que vino para hacer un plan estratégico y poner un poco de orden en los proyectos. Es una mujer inteligente, con una historia de cooperación importante. La conversación es amena, divertida, otras veces, profunda y seria. Suponíamos al principio del viaje que íbamos a estar con ella prácticamente todo el tiempo. Los planes fueron otros y a ellos nos adaptamos.

Vamos con ella a la misión de Mpenha, donde han construido unos locales de usos múltiples. Hoy iban los de Médicos sin Fronteras a dar una charla a mujeres sobre prevención de la malaria. (Tenía que llevar las llaves)

Después vamos al molino que sustenta este proyecto a llevar unos bidones de gasolina.

A continuación nos lleva a visitar un proyecto con mujeres que llevan las hermanas Doroteas. Encontramos más de cien mujeres cosiendo en una especie de nave. ¡Cómo nos reciben! En un momento todas se levantan y cantan y danzan para darnos la bienvenida. Esto nos ha pasado varias veces y no deja de impresionarnos. Vienen de las aldeas de los alrededores y esta formación es importante porque va a suponer que puedan arreglar sus ropas. 

Elisa nos lleva a su casa. Hablamos de globalización, de la necesidad de que haya países pobres, de cómo Mozambique depende de la ayuda internacional (un 60% de su presupuesto) Le comentamos que nos preocupa la poca implicación de la población local. Nos cuenta que cuando alguien estudia no quiere regresar a su aldea sino irse a la ciudad y prosperar. Además, sólo colaboran en proyectos si los lleva un laico, “padre” o “hermana” porque no se fían si el que maneja el dinero es un mozambiqueño (favorecerá a su familia, es decir, caerá en la corrupción) Así pues comprendemos que la línea entre ayuda al desarrollo y la dependencia es delgadísima.

Después visitamos un proyecto precioso en el que Manos Unidas ha aportado bastante dinero. Se trata de las casas de huérfanos. Cómo hay muchos, estos son atendidos en casas de tíos, abuelos y son los últimos para todo, para comer, para vestirse…Cómo los familiares pedían ayuda a las parroquias, surgió la idea de hacer casas para ellos en distintas aldeas y que una viuda con hijos ya mayores les atendiera. Se hacen cerca de las escuelas, se hace un molino para sustentarles y se tiene en cuenta la opinión de la comunidad parroquial

Hablamos con Elisa para que nos aconsejara sobre qué y cómo colaborar y estrechar lazos con algún proyecto. Ella está desilusionada y le cuesta aconsejarnos.

Todo lo que hablamos, rumiamos lo intentamos pasar por la oración y a pesar de que estos días transcurren tranquilos, son tantas las experiencias que se parece al ritmo de unos ejercicios espirituales.

Al día siguiente hubo un incidente en el hospital que nos habló una vez más de la fragilidad de la vida. Un enfermero, sacando sangre a una paciente con sida, se pinchó con la jeringuilla. Le hicieron un test, pero debía esperar tres meses para saber los resultados.

 

La misión empieza a tener más vida porque se terminan las vacaciones (han tenido cuarenta días porque se iba a hacer el censo, otro detalle que nos habla de la precariedad en la que viven) y empiezan a llegar los alumnos del internado. Para ellos es algo exótico ver pasear a tres blancas que no conocen. Así tímidamente alguna se nos acerca para charlar con nosotras.

El día siguiente es de despedida de Lifidzi. Dejábamos esta misión con pena. Pronto nos habíamos acostumbrado a la falta de luz eléctrica, de agua corriente. Nos dimos cuenta de que en diez días no habíamos utilizado nada de dinero. Habíamos estado fuera de la sociedad consumista. Por el contrario, las relaciones humanas fueron muy estrechas. Te reciben con los brazos abiertos, te dan cariño y todo lo que tienen. La estancia había sido corta pero intensa.

Llegamos a Tete. En la casa hay mucha gente porque aquí se está celebrando el juicio por los asesinatos de Fonte Boa y hay un ir y venir de personas que tienen que declarar, estar, etc.

Con Víctor, jesuita de esta comunidad, damos una vuelta por la ciudad. Aunque la periferia es terrible, no todo es pobreza y miseria. Vemos mucha gente que sale de trabajar, jóvenes que salen de clase…Vemos el atardecer en el río Zambeze. El color es distinto del de la zona templada. Es mucho más anaranjado.

En la Eucaristía conocemos a muchas religiosas avanzadas en edad y en entrega a los mozambiqueños. Dormimos en casa de Asunción, monja española pastorina, compañera de la que llevaba el centro nutricional. Ha estado 15 años en Fonte Boa dedicada fundamentalmente al internado de chicas. Parece que detectaron algún tipo de corrupción por parte del director y a partir de ahí empezaron sus problemas.

Asunción nos habló duramente de los mozambiqueños, pero también nos dijo que toda la tarea realizada había merecido la pena.

Creo que merece la pena destacar la sensación de “Gran Familia” o gran comunidad que forman todas las religiosas, jesuitas, laicos comprometidos, cooperantes de distintas ONG’s. Todos se conocen, se cuidan y se ayudan. Las alegrías y tristezas de unos lo son de los demás. Hay gran unidad y saben que están en una tarea común.

Vamos con Giovanni hacia Beira. Es un viaje de 850 kms, pero merece la pena ir contemplando el paisaje y sobre todo sus gentes. Como las aldeas se sitúan cerca de la carretera contemplamos muchos detalles: mujeres machacando “millo” en ancestrales morteros, recogiendo agua en bidones amarillos, charlas bajo la sombra de árboles, niños bañándose y mujeres lavando en cauces de ríos…

Según vamos aproximándonos a Beira el paisaje reverdece. Las palmeras sobresalen de la vegetación y se nos muestra más parecido  a la imagen que tenemos del paisaje tropical.

Al llegar a la ciudad ya ha anochecido, pero a pesar de la poca luz, se nos muestra desoladora: mucha gente entre chabolas de  uralita, cartón, madera, piedras.

Nos alojamos en la casa de los jesuitas. Al día siguiente conocemos a Virgilio, superior de esta comunidad y profesor de Ética en la universidad católica. Vamos a la Eucaritía al barrio de Chota. Después de la comida, visita a la ciudad con Juan Luis: la radio católica, el mercado central, la playa, el barrio de los pescadores. Y el centro “Padre Cirilo”. Tiene una biblioteca, una sala de ordenadores financiada por la red Javier. Juan Luis es crítico con los mozambiqueños, dice que hay mucho contraste con su trabajo en Brasil. Trabaja con chavales, intentando darles formación humana a través de distintas actividades, entre ellas un programa de radio. Estuvimos con los siete que lo llevan y fue esperanzador, porque están muy animados, con inquietudes. Están en la universidad y se les nota.

Al día siguiente visitamos un proyecto que consiste en la construcción de escuelas en barrios pobres porque como les pillan lejos las estatales los chavales no iban. Quizá sea uno de los lugares que más nos ha impactado. Las condiciones de estos barrios son terribles: hacinamiento, suciedad, casas infrahumanas.

En cuanto a las escuelas, en la primera sobre todo, llama la atención la falta de luz, la situación de pupitres y pizarra y la falta de materiales de los alumnos (muchos no tenían nada) Esta miseria contrastó profundamente con la alegría con la que fuimos recibidos por los niños. La profesora pertenece a la única CVX que hay en Mozambique y hace una labor casi de voluntariado.

También conocimos a Daniel, un joven brasileño que es el asesor pedagógico y está mandado por la Fundación “Gonzalo da Silveira”. Ya había trabajado antes con “Fe y Alegría” en Brasil.

Después de comer, al aeropuerto para regresar a Maputo. La ciudad ahora no nos pareció tan pobre, tan destartalada y sucia, porque habíamos visto mucha más pobreza, miseria y suciedad.

Teníamos el día siguiente libre y lo dedicamos a una visita al Parque Krugel, que es de Sudáfrica y está a pocos kilómetros. El paso de Mozambique a Sudáfrica se nota demasiado. De repente aparecen en el paisaje fábricas, supermercados, cultivos muy ordenados…

¡Qué contar del Parque! Es una gozada ver a tantos animales en libertad y no estar sentada en un sillón viéndolo en los documentales de la 2.

Al día siguiente, simplemente una reunión con Giovanni para mostrarle nuestro profundo agradecimiento y las conclusiones de nuestro viaje y…la vuelta hacia Madrid.

En nuestro interior bullen las emociones, sentimientos, reflexiones, experiencias, deseos, esperanzas…  Y, sobre todo, el profundo agradecimiento por haber podido vivir intensamente todos estos días.


 

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